5 consejos para una salida en barca.
Escrito por Jerónimo   
Friday, 29 de June de 2007

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Vamos a partir del axioma que la práctica de la pesca submarina es una actividad de riesgo. Y quiero enfatizar “actividad” y no “deporte”, porque para muchos pescadores submarinos cuyo estado civil es “casado”, el simple hecho de comunicarle a su señora la próxima salida de pesca, ya les supone un serio riesgo. Y, créanme, no hay nada deportivo en semejante situación.

 

 

›› 5 CONSEJOS PARA UNA SALIDA EN BARCA

  
   
 
 

B

 romas aparte, pensemos en los peligros que entraña una simple salida en lancha.

Para mi exposición, me voy a centrar en las barcas semirrígidas, puesto que son las que se utilizan con mayor profusión en la pesca submarina.

En un principio, podría parecer que donde realmente pueden producirse desgracias es en una salida de infantería, pero yo estoy convencido que, salvo que uno sea aficionado a bajar con todo el equipo por senderos que no transitan ni las cabras, salir en barca aumenta las posibilidades de sufrir un percance leve, moderado o grave.

Analicemos desde el inicio algunos de esos peligros que no se hacen perceptibles hasta que se sufren en carne propia o se escarmientan, por cercanía, en la ajena. Imaginemos que llega el fin de semana y las previsiones del tiempo son propicias. Es viernes y recibimos una llamada telefónica invitándonos a compartir una jornada en barca. Si es la primera vez que vamos a pescar desde una embarcación, es probable que la ilusión y estrés que nos embargan, hagan que podamos cometer algunos errores de inicio. Si no es así y ya hemos salido en más ocasiones, a lo peor la confianza puede traicionarnos.

 

 

 

»Consejo 1

 
 

 Sea cual sea el estado de la mar, no se olviden de llevar una cajita con pastillas contra el mareo. Sé que algunos la toman hasta cuando salen de infantería, pero en el caso que nos ocupa, adquiere mayor relevancia si cabe. Yo recomiendo tomarlas antes de empezar a cambiarnos.

Alguno puede decirme, “y qué hay de peligroso en marearse”, hombre, pues nada si estás dentro de la lancha. Pero es obvio que padecer tan desagradable sensación en el agua puede, como mínimo, provocarnos pérdidas de concentración, vómitos o, lo que ya resultaría muy grave, un desfallecimiento. Además, el mareo no sobreviene de golpe. En algunas personas, sus efectos comienzan al poco de iniciarse la navegación, pero sin duda se agravan cuando fondeamos la barca. Para vestirnos solemos colocarnos en la proa de ésta y es ahí donde el vaivén de las olas se hace más notorio. Además, la vista la fijamos en la cubierta, buscando el utillaje que necesitamos, con lo que conseguimos acelerar el proceso.

Si aún no estamos mareados del todo, saltamos al agua con mucha ilusión y poca cabeza. Y ahí es dónde el mal cuerpo que llevamos con nosotros se convierte en el peor aliado de pesca.

Como olvidarnos de la dichosa pastilla puede pasarnos a todos, incluso conociendo de antemano lo que debemos hacer, conviene en cualquier caso ponerse el material situándonos lo más cercano posible a la popa de la embarcación y no acelerarse, haciendo pausas mirando al horizonte.

A mi esto mismo me sucedió este año en Febrero. Al olvido del bendito medicamento, hay que añadir el remanente de una copiosa cena de prolongada sobremesa y vapores etílicos. De libro. De hecho, me llegué a encontrar tan mal en el agua que al poco de echarme a pescar, empecé a notar náuseas cuando ascendía de un fondo de 8 metros. Al llegar a la superficie, comencé a vomitar y, como la mar estaba bastante dura, cada expulsión se veía acompañada de un involuntario y desagradable trago de agua marina. En el trayecto a nado hasta la lancha, llegué a pensar en dejarme llevar por las olas. Logré llegar a duras penas a la lancha y casi no tenía fuerzas para subirme. Es más, creo que sin la ayuda de mis compañeros, hubiera sido incapaz. Huelga decir que el resto de la jornada estuve bajo mínimos y, a pesar de llevar un traje grueso, con síntomas de una ligera hipotermia.

 

 

 

» Consejo 2

 
 

 

 

 

Rampa de Viodo (Luanco - Asturias)

 

Vale, nos hemos tomado el santo remedio y ya estamos vestidos... y ahora, qué? Pues ahora hay que bajar caminando por la rampa. Bueno, sí, ya sé que hay algunos que tienen su lanchita aparcada en un pantalán, pero la gran mayoría la botan por rampas que, muchas veces, no están del todo acondicionadas y esto tiene mucho peligro.

Lo lamento, pero para bajar por una rampa llena de “mofo” (esa alga verde tan resbaladiza) no tengo ningún remedio, aunque sí algún truco. Y de esto hablo con conocimiento de causa, puesto que me he caído tantas veces que ahora ya lo hago con estilo.

 Primero y muy importante: no llevéis nada en las manos que sea punzante. Bueno, mejor no llevéis nada de nada. 

Segundo, no se os ocurra bajar como si paseaseis por una calle peatonal, procurad buscar zonas menos pobladas por el alga y bajad de lado equilibrándoos con los brazos (como si estuvieseis montados en una tabla de surf). Si, con todo, la superficie se torna impracticable, no os avergüence pedir ayuda o arrimar las posaderas al suelo, incluso hasta llegar resbalando con el culo hasta el agua. Siempre es preferible pasar la vergüenza del torero que romperse un brazo, la cadera o la crisma.

Pensad que no sólo nos hacemos daño a nosotros mismos, también nuestros compañeros de pesca pueden sufrir las mismas consecuencias al venir a socorrernos o, como mínimo, perder una salida por tener que llevarnos a un hospital.

Conozco muchos casos de caídas en las rampas, aunque ninguna de graves consecuencias, pero eso no quiere decir que no puedan llegar a producirse.

Hace poco, un amigo me contó que uno de los que les acompañaba se cayó con todo el equipo en la rampa de Luarca (que no es de las peores, precisamente) y dio con su cabeza en el suelo, después de haberse puesto casi en horizontal en el aire. Según me narró, el sonido de la cabeza contra el hormigón fue espeluznante. No llegó a desmayarse, aunque sí que estuvo el resto de la jornada muy dolorido y casi ni se echó al agua. Además, decía que tenía mucho sueño, lo que preocupó muchísimo a sus dos acompañantes, que insistían en acudir a un hospital. Mi amigo me comentaba que estaba en el agua preocupadísimo, pensando en que el accidentado pudiera dormirse eternamente y eso le impidió centrarse en cualquier posible presa. Por suerte, todo quedó en un susto.

Este ejemplo ilustra lo que pretendo explicar. Con lo caras que están las salidas de pesca para cualquier “dominguero” como yo, es importante minimizar al máximo la posibilidad de un accidente, ya no sólo por salvaguardar nuestra integridad, sino también por el bienestar de quienes nos acompañan.

 

 

 

»Consejo 3

 
 

  

Lancha en movimiento  

Hemos evitado el mareo y llegado íntegros a la lancha. Comentamos las distintas posibilidades que se nos presentan y, una vez tomada la decisión, ponemos proa al lugar elegido. Si ese día el mar está en calma y no hay mucho viento, la navegación se hace placentera. Bucólica, diría yo, si uno es sensible a la belleza paisajística. Pero, y si el mar está encabritado? Qué puede ocurrirnos? Huelga decir que si el patrón no está muy avezado en la navegación “extrema”, lo mejor es no salir del puerto y casi ni de la cafetería, con lo que lo dicho en los puntos 1 y 2 queda automáticamente sin efecto. Pero si el que está al mando del timón sabe lo que se hace, pues solo nos queda apretarnos los machos y procurar llegar al término como tripulantes y no como náufragos. Veamos, si vamos sentados en los balones, es muy conveniente elegir bien dónde cogerse para evitar que un brusco bandazo pueda fracturarnos uno o varios dedos. Como norma, diré que hay que ponerse los guantes no sólo para evitar posibles abrasiones, sino también y más importante, un inicio de congelación si estamos en invierno. También hay que procurar apoyar las piernas en cubierta y, flexionando ligeramente el tronco hacia el interior de ésta, acompañar cada bote de la barca. Esto evitará que nos sobrevenga una lumbalgia o, incluso, una posible lesión lumbar. En el caso de ir de pie, junto al timón, nunca hemos de adoptar una postura rígida. La mejor forma de conseguirlo es acompañar los bandazos flexionando las piernas. Es muy importante que no nos peguemos al puente, puesto que de lo contrario podemos dejarnos alguna pieza dental o rompernos la clavícula.

Por otro lado y sea la estación que sea, conviene llevar la capucha puesta. Aún no siendo especialmente sensible con los dolores óticos, es bastante fácil que, de no llevar la capucha, podamos enfriarnos los oídos, impidiéndonos compensar correctamente con posterioridad. Además conviene recordar que es por la cabeza por dónde se nos va la mayoría del calor corporal, por lo que, si hemos de quitarnos la capucha, mejor que sea cuando estemos fondeados.

 

 

 

» Consejo 4

 
 

 Pescador en el agua junto a la popa de la barca

 Tras un breve trayecto, llegamos al destino. El ansia por echarnos al mar y empezar a pescar nos domina. A esta sensación no contribuyen mucho las conversaciones que, a buen seguro, hemos mantenido en la carretera y mientras nos cambiábamos en la rampa. Que si hoy está para la lubina, que si un día como hoy atrapé un dentón de 5 kilos, que si recuerdas las corvinas del año pasado… Todo el conjunto de ilusión, afición (en algunos casos, vicio) y prisas, hace que este sea uno de los momentos más críticos. Por tanto, conviene mecanizar muchísimo todas las acciones y dejar que mande el patrón. Uno por uno, hemos de ir echándonos al agua, teniendo especial cuidado en coger los fusiles para evitar pinchar involuntariamente un balón. También es muy importante que haya una persona encargada de echar el ancla. A principios de verano, salí con mi compañero Diego y, como siempre, el buen rollo y las bromas hicieron que bajásemos la guardia. Ambos nos tiramos pensando que era el otro quien había fondeado la barca. Diego se fue hacia unos bajos que sobresalían de un cabo y yo me dirigí a la orilla. Ya llevaba una media hora pescando, cuando me di cuenta de que un poco por delante de donde me encontraba había una lancha igual a la nuestra. Recuerdo que pensé que “hay que ser imprudente para fondear a tan poco agua”. No fue hasta un instante después cuando caí en la cuenta. Tras remolcar la barca durante unos 100 metros, la arranqué y ya la dejé en un lugar más seguro. Pero ya había perdido un tiempo precioso y, sobre todo, mis pulsaciones se habían puesto por las nubes, lo que me impedía mantener un ritmo de pesca adecuado.

Por último, antes de echarse al agua es importante que el pasapeces que llevemos en la cintura quede bien sujeto en el cinturón. Con ello evitaremos clavárnoslo, hacer un “7” en el traje o la lancha y, por encima de todo, quedarnos enganchados a ésta como si fuera un cordón umbilical. Recuerdo una anécdota que me contó mi compañero al poco de empezar a pescar juntos. Él había ido a pescar a Galicia con un par de amigos. La noche anterior aquellos dos individuos se habían puesto hasta las cejas de comida y bebida, lo que provocó que al día siguiente los reflejos ya no estuvieran en su punto óptimo. Mi compadre se quedó en la lancha mientras los otros dos se echaban al agua, cuando, de repente un chapoteo espasmódico lo sacó de su concentración. Al volver la mirada se encontró con que lo único que sobresalía del agua eran las aletas del último que se había tirado al mar. Éste, al echarse de espaldas como hacemos casi todos, había dejado el pasapeces suelto, con tan mala suerte que se le enganchó en cubierta, dejándolo en una postura muy comprometida y únicamente con parte de las piernas fuera del agua. El pobre hombre estaba al borde del colapso, más por lo repentino e inesperado de la situación y el shock del momento, que por la anoxia. Suerte tuvo de que mi amigo es un hombre muy corpulento y, de una brazada, pudo izarlo sujeto del cinturón de plomos. Más tarde, lo recordaban entre risas, pero al desdichado le costó un buen rato recuperarse.

 

 

 

» Consejo 5

 
 

 En el argot taurino se dice que no hay quinto malo. Y ahora verán por qué.

Ya casi hemos terminado la jornada. La pesca no ha estado mal y no ha habido incidentes de importancia. Sólo algún fallo clamoroso, la pieza de tu vida que pudo ser y no fue, y algún tiro “barriguero” que nos ha hecho pelear con un pez más de la cuenta. Nos acercamos a la lancha y aquí conviene pararse y pensar lo que hacemos. Lo primero es descargar el fusil (sin nadie delante, obviamente) y entregárselo al lanchero por la culata. Lo segundo es quitarse el pasapeces con las capturas que tengamos y entregárselo también al lanchero. ¿Y si no hay lanchero? Pues depositamos en cubierta todo el utillaje, con mucho cuidado y poniendo especial cuidado en que las puntas de los arpones se dirijan a popa. No se trata solo de evitar algún pinchazo en la barca, que también, sino sobre todo el que alguno vayamos a subir con ímpetu y podamos trincharnos alguna parte de nuestra anatomía.

Vale, ya estamos en la barca sin percances y nos dirigimos a puerto, sí? NO. Antes hay que quitarse todo el lastre que llevemos. Esto es muy importante para evitarnos futuros dolores de espalda y, por encima de todo, el hundirnos si por algún motivo nos caemos al agua. Y esto mismo es lo que le ocurrió a nuestro amigo Ramón Sopelana. Hace poco me lo narraba todavía con el susto en el cuerpo. Y no es para tomárselo a broma. Ramón me lo contaba con su natural habilidad para describir situaciones que resultan muy evocadoras y logró que me llegara a poner en su pellejo.

Ya regresaban él y sus dos compañeros de pesca navegando por un mar embravecido cuando, por efecto del duro oleaje, uno de ellos se abalanzó a babor, provocando que la barca se escorase y que Ramón se cayera por la borda. Nada más sumergirse, Ramón se dio cuenta de que llevaba todo el lastre encima. Había estado “ratoneando” en la orilla y ese tipo de pesca requiere peso adicional al utilizado habitualmente. Enseguida comenzó a notar los efectos de la flotabilidad negativa y, por efecto del estrés del momento, no acertó a quitarse el chaleco ni el cinturón. Así empezó a bracear furiosamente hacia la superficie. Sin aletas y con una lesión crónica en su rodilla, el viaje de retorno a la vida se convirtió en un calvario. Llegó agarrotado y exhausto. Con lo justo para tomar una bocanada de aire y con la gran suerte de que sus amigos le divisaron con prontitud y acudieron rápidamente en su auxilio. Más tarde y ya en frío, se dio cuenta de que si hubiera cogido el cuchillo, le hubiera bastado con pegar un par de cortes y subir con calma a la superficie.